La cooperación universitaria, en peligro de extinción

Cuando la política olvida que su prioridad son las personas, los problemas  tienden a agravarse. Este fenómeno se manifiesta especialmente en tiempo de crisis, cuando cambian las líneas estratégicas de la actuación de un gobierno. Entonces, saber distinguir entre los problemas pasa a ser clave para acertar en el orden de las prioridades.

Los recortes en el presupuesto destinado a la cooperación al desarrollo que se han aprobado en el Estado español son una muestra de cómo se ha decidido gestionar la situación actual. Pero este es solo uno de los síntomas que revelan una enfermedad con otras manifestaciones, como la tendencia a suprimir el papel de las universidades como actores de cooperación o la desaparición de la cooperación descentralizada, que concentra los fondos en la Administración estatal.

Durante años, las universidades se han acreditado como agentes de la cooperación a través de una tarea muy especializada. Una tarea en la que se pone en marcha el conocimiento como factor decisivo para multiplicar el impacto de la inversión en cualquier rincón del planeta. Además, las universidades asumen presupuestariamente el asesoramiento técnico de sus proyectos de cooperación (mientras las ONGD deben contratarlo), por lo que prescindir de las universidades en este ámbito es un error estratégico evidente.

Las universidades han hecho una apuesta por la cooperación y han dedicado recursos para fijar estructuras estables. En un sector que necesita confianza y proyectos de larga duración, sería inadmisible excluir a las universidades como actores de cooperación, independientemente de la dotación presupuestaria de los proyectos. El grado profesional y de especialización de los programas universitarios de cooperación al desarrollo contribuye a ensalzar el país en el ámbito internacional.

Como interlocutoras de las élites de los países contrapartes, las universidades pasan a ser rentables a largo plazo, al posibilitar la mejora de la formación en las empresas. Esta circunstancia, que en el pasado podría suponer una ventaja competitiva, pasa a ser en la actualidad una necesidad para los países donde se trabaja, porque las universidades propias están en peligro de desaparición por la falta de nuevos profesores. Está en juego, por lo tanto, la decapitación intelectual de estos países.

Por otro lado, hay que destacar que los únicos actores de cooperación que han incrementado sus presupuestos en este ámbito son las universidades. De acuerdo con los datos de seguimiento del Plan Anual de Cooperación Internacional (PACI), las universidades de la Red Vives aportaron en el año 2010 más de 4,2 millones de euros a la cooperación, si se valorizan todos los recursos destinados. Contra la evidencia que suponen estos datos, el PACI 2011 nos da los peores augurios: la única alusión a la Universidad se hace al presentar el Plan de Acción de Educación para el Desarrollo, en el que únicamente se prevé «el establecimiento de mecanismos y actuaciones que permitan la incorporación paulatina a este programa de las comunidades autónomas y entidades locales, así como la Universidad».

Por lo tanto, esta concepción de la cooperación deja las universidades como actores, cuando menos, secundarios. No solo se obvian las indicaciones de la Unión Europea, sino que –y sobre todo– se olvidan deliberadamente las aportaciones de las instituciones de educación superior. Un buen ejemplo son las universidades de la Red Vives, que, además de desarrollar proyectos propios, han desarrollado programas conjuntos: la reconstrucción del sistema de educación superior en Kosovo durante los años noventa, y el Programa Argelia Universidades, durante los últimos años, son la prueba.

En definitiva, las universidades han contribuido al fortalecimiento de la cooperación internacional desde el Estado español. Es injustificable, por lo tanto, que el nuevo modelo olvide a los actores que han construido la cooperación más especializada y rentable económicamente, cjustamente cuando es más necesario rentabilizar cada euro que se le dedica. Si no acertamos al definir las prioridades, solo haremos que los problemas sean más grandes. También en este ámbito.

Joan Viñas i Salas
Vicepresidente I de la Red Vives de Universidades
* Artículo publicado en el diario El Punt-Avui el 6 de julio de 2012.
(Ver la versión en catalán)

 

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Pere Miquel Campos

Periodista i cap de jutges de la Lliga de Debat Universitari

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